31 de marzo de 2010

¡Arrancando motores!

Todos somos hijos de las letras.

¿Por qué?

Desde nuestra más tierna infancia nos hemos visto acompañados por ellas en forma de preciosos cuentos en los que el príncipe salvaba a la princesa y vivían felices y comían perdices, en los que la amistad era lo más importante, en los que el bien siempre triunfaba...

Un poco más adelante, llegaban las lecturas obligatorias del colegio y del instituto: ¿quién no ha salido de aventuras acompañado de un hidalgo medio loco y su regordete escudero? ¿quién no ha aprendido las enseñanzas del consejero de Lucanor? ¿quién no ha leído alguna rima de Bécquer y se le ha puesto la piel de gallina?

A parte de las lecturas obligatorias, siempre han existido y siempre existirán aquellos libros que se nos meten por los ojos y que no somos capaces de soltar hasta que no hemos terminado con la última palabra de él. Sí, queridos lectores, me estoy refiriendo a las libres lecturas que descansan en nuestras mesillas de noche esperando pacientemente al crepúsculo para que a la luz de esa pequeña lamparita, nos dejemos llevar a otro mundo, otra época, otra nueva historia...

Personalmente, en mi mesilla de noche tengo siempre varios libros (en este momento, por ejemplo, tengo seis). Algunos los estoy leyendo ahora; otros ya han pasado por mis manos y se han enfrentado a la escrutadora mirada de mis ojos; los demás, esperan el turno para conmoverme, hacerme reír, dejarme sin aliento, provocarme tanto terror que tenga miedo de seguir leyendo...

Las letras nos acompañan a lo largo de nuestras vidas en formas que muchas veces ni siquiera habríamos imaginado. Por ejemplo, ¿quién no ha dedicado la hora del desayuno a leer y releer la caja de los cereales (incluida la parte que está en portugués)? ¿quién no intenta leer la letra pequeña de los anuncios de juegos/vídeos/música para móviles de la televisión?

La publicidad en televisión, en las vallas que nos encontramos en la carretera, los videojuegos, la comida, las revistas... Las letras nos envuelven en sus cariñosos trazos y nos conducen hasta donde nosotros queramos...

Por eso y mucho más, todos somos hijos de las letras. Y como madres nuestras que son, debemos tratarlas con cariño y no dejarlas olvidadas para siempre en un triste y pobre estante de nuestra habitación...